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Por Marta Handrich

Una no sabe muy bien qué ponerse cuando va a pasar el martes por la mañana en quirófano. Supongo que si eres la paciente no tienes que calentarte mucho la cabeza para escoger el look, pero cuándo vas a ser espectadora en una operación de rinoplastia preservadora la cosa cambia. Al final escogí un vestido corto de tweed y botas blancas. Cuando llegué a las puertas de Quirón el doctor Camilo Betancourt salió a buscarme, con su sonrisa franca y muy despejado pese a ser las ocho de la mañana. Me guió por ascensores y pasillos en un recorrido laberíntico hasta llegar a una pequeña habitación donde me dio un traje azul marino de hospital, gorro y fundas para los zapatos. Vaya, si lo llego a saber me habría puesto un chándal.

Me puse el uniforme mientras Camilo me esperaba fuera y cuando me vi reflejada en el espejo del ascensor que nos haría descender hasta quirófano pensé en lo bien que quedaría ese traje azul estilo pijama con una sandalia de tacón y un moño bajo para salir a cenar una noche de verano. El doctor me hablaba a través de su mascarilla que solo deja ver sus enormes ojos verdes, unos ojos que desprenden amabilidad e ilusión casi las 24 horas del día. 

Ya estamos en quirófano y el equipo de Camilo me da los buenos días, lo preparan todo cuidadosamente y con la seguridad de quien lleva haciéndolo toda la vida. Conocen a la perfección cada instrumento, cada aparato, cada tubo. Pronto un celador avisa de que ya tiene a la paciente en las puertas del quirófano y Camilo sale a recibirla con alegría, ojalá todos los médicos fuesen así. Ella está algo nerviosa por la rinoplastia, pero se nota que tiene muchas ganas de someterse a ese cambio y poner solución a un complejo que lleva arrastrando durante años. Se tumba en la camilla y todo el equipo la arropa y la tranquiliza. Camilo le explica que van a proceder a anestesiarla y que antes de dormirse notará un pequeño chute que la hará sentir algo borracha, pero relajada y con una fantástica sensación. Bromea con ella y le dice que el avión a Bali está a punto de despegar y que en breve estará en una playa paradisiaca. Debe ser difícil saber que tantos pacientes están depositando su confianza en ti, pero no me resultó extraño porque ya hace tiempo que yo sabía que Camilo Betancourt es ese tipo de persona que te escucha como un amigo, te cuida como un padre y te hace sentir a salvo como un sacerdote. 

En cuestión de minutos la paciente está totalmente dormida. Se abre el telón y comienza el espectáculo. Camilo va explicándome paso a paso cada uno de sus movimientos, el por qué de cada maniobra, la razón de pedir un instrumento y no otro. La complicidad que tiene con Raquel, su enfermera, es espectacular. Se entienden con una mirada a medida que la operación va avanzando mientras ellos se sumergen en la nariz de la paciente con la misma precisión que un orfebre elaboraría la más delicada pieza de joyería. No hay sangre por ninguna parte, ni despegan la nariz de la paciente. Camilo ya me había explicado que la rinoplastia preservadora pretende conservar la mayor parte de las estructuras originales de la nariz, permitiendo grandes mejoras sin destruir la esencia de cada paciente. Cuando han pasado más o menos dos horas la punta de la nariz ha cambiado, ya no está hacia abajo, si no más respingona. Todavía está el problema del tabique, que hay que limar. Me enseñan esos famosos “cincel y martillo” a los que todo el mundo teme cuando se pone sobre la mesa el tema de la rinoplastia. Resulta que son diminutos, tan pequeños que resulta difícil pensar que con ellos pueda arreglarse un tabique nasal. Pero sí, se puede, porque yo lo vi. Mientras Raquel sostenía el cincel Camilo daba golpecitos, pequeños pero seguros y precisos, y en solo unos minutos ya podía apreciarse un tabique recto y armonioso. 

Me parecía increíble que tras tres horas de cirugía la paciente no estuviese inflamada y todos los allí presentes pudiésemos apreciar una preciosa nariz de aspecto totalmente natural (nada que ver con esas narices de cerdito que se hacían antiguamente). Ella continuaba dormida, soñando plácidamente y sabiendo que al despertar habría dejado atrás un complejo con el que había convivido más de treinta años. Camilo estaba satisfecho con su trabajo, continuaba lleno de energía y se deshacía en elogios hacia su equipo por un trabajo tan bien hecho. Por mi parte, nunca pensé que un quirófano podría ser tan “hogar” ni un equipo de sanitarios podrían ser tan “familia”, pero esa mañana me sentí como en casa. 

De vuelta a la oficina y mientras escribo estas líneas me encanta pensar que, si lee esto, esa paciente sabrá que nunca ha estado tan cuidada, mimada y segura como en las manos de Camilo Betancourt, un médico excepcional y una persona extraordinaria delante y detrás de las cámaras.